La espada y la lanza

Acabo de salir de mi segunda clase de combate celta. Hace ya varios meses que me estaban invitando a participar de un grupo que se junta a practicar, y por diversas circunstancias no había podido asistir. Desde pequeña siempre miraba con añoranza a quienes practicaban deportes como tiro al arco, o artes marciales. Siempre tuve mis dudas de si podría hacer algo así, con mi descordinacion y mi falta de fuerza, hasta que finalmente decidí atreverme. La creencia popular dice que por algo pasan las cosas, y yo confío en que los Dioses orquestan nuestros tiempos para que las cosas sean cuando tienen que ser, no antes ni después. El asunto es que finalmente pude empezar con la practica.

Mi amigo y profesor insistió en iniciar con la lanza por mi devoción a la Morrigan. Como cualquier desafío propuesto por la Morrigan mostró ser una tarea no menor. Al contrario de lo que uno piensa, la lanza es particularmente difícil de maniobrar. La armonía entre tus movimientos y los de la lanza debe ser perfecta, sino terminas golpeándote a ti misma. Los movimientos deben ser fluidos y suaves, pero a la vez fuertes, y deben ser precisos.. La lanza te permite atacar y defender a la distancia, sin embargo ese mismo largo genera un torque que debes aprender a controlar.

La espada por su parte, es mucho más simple de controlar en la estocada, pero te obliga a entrar en juego con el contrincante, te enfrenta cara a cara con la parte más ruda del otro y afloran los propios instintos de supervivencia . Casi como aprendidos de antes aparecen algunos movimientos de manera refleja. El choque directo de las espadas se trasmite no solo a tu brazo, sino a todo tu cuerpo.

Independiente de cual sea el arma que se escoja, lo que no me cabe duda es que este es el lugar donde debo estar. Mientras más practicaba, ese deseo de querer continuar pese a tener el cuerpo agarrotado, esa corriente que te recorre la espina con cada golpe, esa sensación de fuerza y vitalidad que te entra por los pies firmemente plantados en la tierra, y ese deseo de batalla. Si, de batalla, no tiene otro nombre.

Siento que es una muy buena forma de honrar a los Dioses, una de las mejores cuando de Dioses jefes de la tribu y de la guerra se trata. Sentir a la fuerza de los Dioses corriendo por las venas, y escuchar los tambores de la batalla, eso solo lo he sentido en dos ocasiones, ambas presentandome a la Morrigan (y al Daga en una de ellas) y viene acompañado de un sentimiento de profundo orgullo y honor, y valentía, y sed de guerra. Creo que la herencia guerrera de los celtas se permea a través de las re-encarnaciones del alma, y ni los siglos de catolicismo y occidentalismo domesticante pueden eliminarlo, cuando quiere brotar, brota y punto.

Algunas personas pueden verlo como algo casi bestial, o innecesario para la época, pero la belleza de las artes no radica en su utilidad, ni las obras que más profundo calan buscan la aprobación social.

Invito a todos los RC a probar al menos una vez esto, dejando de pensar en el que dirán o el “servire para esto”, quizas la función del guerrero también les tiene una sorpresa.

Ewin

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